Cuando la montaña recuerda su nombre
Cuando la montaña recuerda su nombre
El viento quiso entrar,
pero las puertas del bosque estaban cerradas.
Las ramas, tensas, sostenían el peso del cielo.
Ni un canto.
Ni una grieta.
Solo el pulso detenido del aire
en los costados del tiempo.
El agua bajo las piedras
había olvidado su cauce.
El musgo cubría los signos antiguos,
y la madera guardaba su voz,
como si el mundo entero contuviera el aliento.
Entonces comprendí:
no era el mundo el que se detenía,
era mi mirada que quería empujar al mundo.
El bloqueo era espejo,
no muro.
Y la estagnación, un llamado
a no moverse.
Me senté.
Dejé que la niebla entrara en mis huesos,
que el viento hablara solo.
Escuché el roce del silencio
limpiando la corteza del alma.
Y poco a poco,
la madera se volvió raíz,
la raíz, calma,
y la calma, un río subterráneo
regresando a su fuente.
Entonces la montaña respiró.
Y en su respiración,
mi corazón se volvió piedra viva:
una piedra que entiende el paso del viento
sin necesidad de moverse.



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