La intuición que permanece
Hay un susurro que no grita,
una luz que no ciega,
una presencia que no empuja.
No viene con prisa,
ni con dramatismo.
No exige atención,
no reclama acción inmediata.
Se siente como el pulso del río bajo la calma:
constante, silencioso, inevitable.
Como un hilo de aire que atraviesa la habitación
sin romper nada,
pero tocando todo con suavidad.
No tiembla con el miedo,
no se dispersa con el deseo,
no se agita con la urgencia.
Es un murmullo que repite su nombre sin palabras:
"Avanza por aquí."
"Siente esto con claridad."
"Confía en tu centro."
Es una vibración que resuena en el pecho, en el estómago, en la frente,
como si el cuerpo entero reconociera lo verdadero antes que la mente.
No te obliga a actuar,
solo te invita a observar.
No busca justificar,
solo confirma:
estás alineada,
estás atenta,
estás viva.
Y cuando la sigues, incluso sin movimiento,
sabes que avanzas en la dirección correcta.
Porque la intuición real no necesita urgencia:
su certeza se siente, se sostiene y se acompasa con tu respiración.
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