Caminar despacio
Caminar despacio
No has venido a ser otro, ves.
No viniste a cumplir expectativas ajenas,
ni a entender todo de golpe,
ni a tener respuestas listas.
Viniste a recordar, despacio,
quién eras antes de que el mundo
te empezara a dar recetas y moldes.
El camino no se impone,
se deja descubrir mientras lo caminas,
y cada tropiezo, cada error,
es apenas una manera de aprender
a escuchar tu propia voz,
esa que a veces ignoras
porque grita bajito.
A veces la vida se cierra sobre ti
como un libro escrito en un idioma extraño.
No te desesperes,
léelo en silencio,
deja que sus páginas te enseñen
lo que no sabías que necesitabas.
Lo que se repliega en ti
no es pérdida,
es semilla.
Nada esencial crece con prisa,
y tú tampoco tienes que hacerlo.
Si te alejas de ti,
no te castigues:
el retorno no exige castigo,
solo un poco de atención despierta,
como cuando el río reconoce su cauce
después de la lluvia.
Confía en la voz que no grita,
en el paso que no presume,
en la verdad que no necesita testigos.
Y así, despacito,
vas a ir viendo
que el sentido no estaba al final,
ni en los mapas, ni en los horarios,
sino en cada instante
en que supiste escuchar
la fidelidad de tu propio devenir.
Porque, al final,
querido amigo
vivir no es llegar,
es aprender a estar
contigo mismo
sin prisa, sin aplausos,
solo con la certeza
de que cada paso cuenta.
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